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CATEGORÍA ESPECIAL

Premio Narrativa

Título: Últimas tardes en el paraíso

Autor: Joaquín De Saint-Aymour

Últimas tardes en el paraíso

Recuerdo el mar de todos los veranos en la finca que poseían mis abuelos en la playa

de la Malvarrosa de Valencia, entre cañaverales, palmera y ficus de tronco paquidérmico.

Era una villa de mediano tamaño, teñida de un azul violáceo ya muy deslavazado por el

tiempo, con el estilo decorativo característico del modernismo valenciano, vigas labradas

en madera de ciprés, macetones de terracota, zócalos de azulejería multicolor,

emparrados y surtidores. A cualquier joven, pero sobre todo a uno cuya infancia hubiera

transcurrido entre adultos de severa rectitud, aquellas tardes al aire libre, lejos de la

sombría residencia de curas donde cursaba los estudios, le hubieran parecido una

estancia en el paraíso.

A media mañana bajábamos a la playa, mi abuela María Dolores envuelta en tules de

gasa blanca para protegerse del sol y de las miradas del vulgo. Yo apenas tenía doce

años y aquellos baños me parecían una experiencia fascinante, similares al anticuado

esplendor de los lánguidos veraneos en la Costa Azul descritos por Francis Scott

Fitzgerald en sus novelas autobiográficas.

Mi abuela lo criticaba todo con su altisonante acento de señora respetable y condesa

consorte que se considera superior en su potestad.

-Ya no hay pudor -protestaba señalando con su rígido mentón hacia las jóvenes

bañistas que correteaban por la playa en bikini-, si parece que vayan desnudas. Tú no

mires -me prohibía.

Pero yo si que miraba, pues entre las chicas que corrían como un grupo de ocas

armando bullicio y salpicando a la gente de arena veía siempre a Laura Gisbert, la vecina

de una villa próxima, morena de cutis y cabello, grandes ojazos color esmeralda, toda una

preciosidad, y la responsable de mis turbaciones nocturnas. Laura era hija de un próspero

empresario local con fábricas textiles en Cataluña. Mis abuelos, mucha dignidad y orgullo

aristocrático, pero con las arcas venidas a menos, planeaban una futura unión entre su

vástago más joven y aquella heredera de potentados pero sin alcurnia, el futuro

matrimonio de conveniencia que sirviese para reverdecer las ramas ya medio marchitas

de su orgulloso árbol genealógico. Por eso procuraban que ambos nos fuéramos

conociendo durante aquellas jornadas playeras, donde distendían siquiera un poco la

tensa línea que separa la burguesía de la nobleza.

María Dolores permanecía todo el tiempo como entronada en el sillón de mimbre que le

traía un criado de la villa, enfardelada en su anticuado traje de baño en lino crudo con los

bajos bordados en encaje y que le llegaba por los tobillos, envuelta en velos de seda,

mientras el criado sostenía sobre su cabeza canosa y acribillada con horquillas y peinetas

, la gran sombrilla blanca como un palio sacramental. Mi abuela pasaba el rato sentada en

su sillón de mimbre mirándolo todo desdeñosa y, si acaso entraba en el agua, lo hacía

con extrema prudencia, tanteando cautelosa con el pie antes de posarlo definitivamente y

avanzar el otro, tan torpe como un ave tropical que se hubiera extraviado de su rumbo,

con temor a caerse delante de la plebe y armar un espectáculo.

Yo me sentaba sobre una toalla leyendo sin comprender casi nada

En busca del tiempo

perdido

, aunque me parecía que Laura era como mi Albertina particular, que mi congénita

timidez coincidía con la del pusilánime protagonista descrito por Marcel Proust en su

novela. Hubiese querido parecerme mucho mejor a Tancredi Falconeri, el simpático y

golfante sobrino del noble siciliano descrito por Giuseppe Tomasi di Lampedusa en

El